Deep Purple en Cordoba - 06/12/06 - Estadio Juniors Simplemente increible, de las mejores bandas que he escuchado en vivo lejos, un bajista digno de Motorhead o Iron Maiden, un batero que es leyenda y con un solo monumental, un cantante con mucho escenario encima, un teclado que ha sido acompañante de Ozzy Osbourne y un violero virtuosisimo y electrico a mas no poder.
Reseña:
Mientras la fila de gente que esperaba entrar a Juniors alcanzaba ya unas tres cuadras, el miércoles por la noche el cielo mostraba su mejor espectáculo de relámpagos y rayos. La metáfora estaba ahí, a mano, y no podía evitarse: los traetormentas habían encontrado el marco perfecto para su noche. Y adentro del estadio, todo estaba listo para el cataclismo sonoro.
No importaba que el calor y la humedad ya alcanzaran cotas peligrosas, la simple visión de la palabra Deep Purple estampada en el enorme telón de fondo era suficiente para activar el subidón de adrenalina. Es que semejante objeto de veneración tocando en un escenario cordobés era algo casi increíble. Y cuando los cinco miembros de la banda se materializaron para arrancar con Pictures of home (enganchada con Things I never said), la ola de admiración que partía del público fue tan palpable como el mismísimo vapor que la humedad hacía nacer.
Aunque el volumen de los teclados estaba demasiado alto, y muchas veces tapó los matices de su voz, comprobar que la garganta de Ian Gillan aún esta en excelente forma fue la función de Into the fire, en cuyo estribillo las luces brillaron a pleno para alumbrar las pequeñas proezas de su garganta.
Strange kind of woman desató el primer gran pogo de la noche y sirvió para que Steve Morse demostrara cómo se hace para llenar los enormes zapatos de Richie Blackmore. El estadounidense, ex Dixie Dregs y Kansas, hizo suyo el mítico solo, manteniendo la esencia pero improvisando a su gusto. Además, su pasado en el rock progresivo ayuda a que Purple tome cierto vuelo, especialmente patente cuando sonó el tema que da título a su último álbum, Rapture of the deep, punteado con influencias orientales.
Tanto Morse como el tecladista Don Airey (con la difícil tarea de reemplazar a Jon Lord pero con el inmenso pedigrí que otorga haber tocado con Ozzy Osbourne y Rainbow) tuvieron sus momentos de gloria en solitario. El primero armó un pequeño muestrario de riffs clásicos (Little wing, de Hendrix, Sweet child o’ mine, de Guns N’ Roses, Roundabout, de Yes, y Sunshine for your love, de Cream). Y luego de que When a blind man cries calmara un poco las aguas, Don Airey probó su ductilidad en las teclas, además de apuntar directo al corazón rindiendo tributo a Piazzolla.
Y si de apuntar al corazón y al alma se trataba, lo que vino después no solo apuntó, sino que también disparó varias veces con munición de altísimo calibre. Perfect strangers fue sólo un pequeño anticipo y si Gillan luego de finalizarla dijo “ahora esto se pone caliente” no fue una redundancia, ya que la versión de Space truckin’ que explotó después sonó como una erupción volcánica. Desde los suaves toques de hi-hat y el crescendo de hammond que la introducen, hasta el mastodóntico riff principal que encontró su clímax en mas de 4000 puños en alto cantando aquello de “come on... let’s go space truckin”, todo estuvo diseñado para el impacto certero y perfecto.
Un bajista para enmarcar
Highway star fue precedida por una intro que tuvo a Steve Morse y John Glover como protagonistas. Y si bien es difícil elegir un campeón entre tanto monstruo, sin duda el bajista fue el más consistente de la noche: sus líneas monolíticas, su gran presencia escénica y la excelente sociedad que construyó con la batería de Ian Paice no fallaron jamás.
Smoke on the water no cerró (hubiera sido demasiado obvio) pero llegó rozando el final, con Morse otra vez dando cuenta de su independencia guitarrística, despegándose definitivamente del fantasma de Blackmore. Paice al fin tuvo su momentito en soledad en el medio de Hush, y las notas del bajo de Glover volvieron una vez mas a dirigir la orquesta para Black night, la canción del adiós.
Afuera, la lluvia ya había caído y los relámpagos centelleaban desde lejos. La tormenta ya había pasado, pero en los oídos aún retumbaba el trueno.
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